Marina —Ejem,— una leve tos se escuchó y necesitó volver a repetirlo porque nosotros no escuchábamos nada. Paul giró la cabeza hacia la voz que nos había interrumpido, yo no podía porque estaba roja como un tomate. —Disculpe que los interrumpa, venía a ayudar a la señorita con el otro vestido— menos mal era la tímida voz de Clara. Sin decir más me bajé del regazo de Paul y acomodé mis pechos por dentro del vestido. Habíamos estado a punto de pasar otra vez los límites de lo que estaba bien. ¿Pero…que estaba bien o mal? Yo ya no sabía nada de esos límites, cuando estaba con él me gustaba su toque, sus manos recorriéndome, me encantaba, me calmaba, calentaba y me hacía gemir con solo su toque. Dios no sé cuanto aguantaré este suplicio y no soporto que nos interrumpan más. Esta noche ten

