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El Secreto del Callejón del Beso

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Blurb

Valeria creía haber enterrado su pasado cuando huyó de las coloridas calles de Guanajuato con el corazón destrozado y un secreto capaz de destruir la paz de su familia. Ahora ha regresado, atrapada en una vida "perfecta" como esposa trofeo de Diego, un poderoso abogado que afirma adorarla. Pero tras los muros coloniales de la casa que heredó, el aire está cargado de silencios que pesan más que las palabras.

El pasado siempre regresa. Nicolás, el mecánico rebelde, el hombre al que una vez amó con una pasión desesperada y temeraria, ya no es el chico que dejó atrás. La reconoce al instante. Y lo que resulta más peligroso: ve sus propios ojos y su propia rabia reflejados en Luca, el niño de tres años que Valeria presenta como hijo de Diego.

Ahora, cada mirada robada en las sombras del Callejón del Beso enciende un fuego que amenaza con consumirla. Mientras Nicolás exige la verdad y la naturaleza protectora de Diego se transforma en una oscura obsesión asfixiante, Valeria queda atrapada entre dos mundos. Conforme la tensión entre ella y Nicolás resurge en los rincones oscuros de los callejones, Diego sabe que su matrimonio perfecto fue construido sobre una mentira.

Un hombre le ofrece la seguridad de una jaula dorada. El otro, un amor capaz de incendiar la ciudad entera. Para salvar a su hijo, Valeria deberá elegir entre el amor salvaje de Nicolás y la oscura obsesión de Diego, antes de que todo arda hasta convertirse en cenizas.

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Capítulo 001: El eco en la piedra
El aire en Guanajuato no circula. Se queda atrapado entre las paredes de adobe y los balcones que parecen querer besarse sobre las calles. Es un aire que sabe a polvo antiguo, a flores secas y a la humedad de las minas. Este calor no era como el de la ciudad; no olía a asfalto y prisa, sino a piedra vieja, buganvilias y secretos enterrados. Valeria bajó del auto y sintió que ese aire la reconocía. La envolvía como una mortaja que ella misma había tejido cuatro años atrás. Cerró los ojos un segundo sintiendo que sus tacones se hundían en el empedrado irregular del Callejón del Beso. El silencio del callejón fue interrumpido por el eco metálico del Audi de él al cerrarse. Un sonido alemán, preciso y frío, que no pertenecía a ese lugar de sombras y leyendas. Diego, con su traje de lino impecable y su reloj que valía más que toda la calle, cerró la puerta con un golpe seco que sonó como un disparo en el silencio de la tarde. —Es pintoresco —dijo Diego. La palabra salió de su boca con un tono de condescendencia que hizo que a Valeria le escocieran los oídos—. Aunque "decadente" sería más exacto. ¿Estás segura de esto, Val? —preguntó, ajustándose las gafas de sol—. La casa está en ruinas. No tienes que hacer esto. —Es mi casa, Diego —respondió ella, aunque su voz flaqueó. En realidad, era su jaula—. Luca necesita espacio para correr. Miró la fachada de la casa que sus abuelos le habían dejado: una estructura que parecía sostenerse solo por la fuerza de la costumbre. Las persianas turquesas estaban peladas, revelando la madera grisácea como hueso expuesto. El hierro de la cerradura estaba comido por el óxido, y una mancha naranja que parecía sangre seca se extendía bajo el sol de la tarde. En el asiento trasero, Luca forcejeaba con el cinturón de seguridad. Diego, con un suspiro de resignación, abrió la puerta y el niño saltó al empedrado. Luca era una explosión de vida en aquel escenario de ruinas. Sus rizos castaños brillaban bajo el sol y sus mejillas estaban encendidas por el viaje. Llevaba en el puño un camión de metal pesado, un juguete que Diego le había comprado en el aeropuerto para mantenerlo callado. —¡Mami ¡Piedras! —gritó Luca, arrodillándose en el suelo sin importarle que sus pantalones de marca se mancharan de tierra. Un escalofrío le recorrió la espalda. Luca se movía con una libertad que ella había perdido hacía mucho tiempo. Cada vez que el niño reía, Valeria veía un fantasma. Veía la inclinación de una cabeza que no era la de Diego. Veía un brillo salvaje en los ojos que Diego, con su lógica de abogado y su mundo de contratos, nunca podría poseer. De repente, el mundo se detuvo. —¡Hey! ¡Cuidado con el camión, campeón! —dijo una voz grave, áspera como la lija. Valeria se congeló. Conocía esa voz. La había escuchado en sus pesadillas y en sus deseos más oscuros. A menos de diez metros, la sombra de un taller mecánico escupió una figura. El sonido de un trapo sucio azotando un metal oxidado marcó el ritmo. De la penumbra del taller salió un hombre. Nicolás. No había cambiado. O quizá sí. El tiempo lo había tallado con más crueldad. Tenía los brazos cubiertos de una mezcla de grasa y sudor que brillaba bajo la luz filtrada de las jacarandas. Su camiseta blanca ajustada estaba rota en sus anchos hombros, revelando una piel curtida por el sol y el trabajo físico. Una cadena de oro como único brillo colgaba de su cuello que enmarcaba su rostro destacado por su mandíbula que parecía tallada en la misma piedra del callejón. No tenía la elegancia de Diego, pero tenía una gravedad que parecía atraer todo hacia su centro. Se detuvo en seco al verla. Sus ojos, dos pozos de petróleo ardiendo, se clavaron en los de ella con una intensidad que casi la hizo retroceder. —Valeria —dijo él. La palabra no fue un nombre. No fue un saludo. Fue una acusación. —Nicolás —logró articular ella, sintiendo que el aire se volvía espeso y el nombre le raspaba la garganta. Diego, detectando la repentina tensión en el aire, dio un paso al frente. Se colocó al lado de Valeria, no como un apoyo sino como un dueño. Su mano se posó en la cintura de ella, un gesto de propiedad que Nicolás no pasó por alto. El abogado sonrió, esa sonrisa de "todo bajo control" que usaba en los juzgados. —¿Un conocido, cariño? —dijo Diego con voz impostada—. Buenas tardes. ¿Es usted el vecino? Mi esposa heredó la casa de enfrente. Soy Diego Vargas. Nicolás ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Luca. El niño se había levantado y, con la curiosidad intrépida de quien no conoce el miedo, caminaba hacia Nicolás, atraído por el brillo de las herramientas que colgaban en la entrada del taller. —¡Camiónnn! —dijo Luca, extendiendo su juguete hacia el desconocido. Nicolás se agachó. El movimiento fue fluido, animal. Se puso a la altura del niño. Sus manos sucias contrastaban con la piel inmaculada de Luca. El niño levantó la vista y sonrió, revelando dos hoyuelos profundos en sus mejillas. El silencio en el callejón se volvió insoportable. Valeria podía oír los latidos de su propio corazón golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado. Él observó el juguete. Era un modelo de camión de bomberos antiguo, de metal pesado. Sus dedos rozaron el juguete y, por un segundo, sus ojos se cerraron. —Yo tenía uno igual —murmuró Nicolás, y su voz, por primera vez, sonó rota—. Exactamente igual diría. Nicolás levantó la vista hacia Valeria. En ese momento, la máscara de la mujer perfecta de ciudad se hizo pedazos. Se puso de pie lentamente, sin dejar de mirarla. Diego permanecía al margen de la escena, parado allí con su traje caro, de una manera casi insultante. —¿Cuántos años tiene? Me imagino que puede estar rondando los tres… —preguntó Nicolás. Sus palabras salieron lentas, cargadas de una furia que hervía bajo la superficie de su calma aparente. —Tres años y tres meses, para ser exactos. Se parece a su madre, ¿verdad? —respondió Diego mirándolo directo— Tiene sus ojos. El aire se volvió plomo en sus pulmones. El "Callejón del Beso" se sentía ahora como un desfiladero a punto de desmoronarse sobre ellos. Apretó la mano de Luca con fuerza atrayéndolo hacia ella, como si quisiera protegerlo de un derrumbe. —Nicolás, estamos cansados del viaje, no es un buen momento para subirse al tren de la nostalgia... —trató de decir ella, con la voz temblorosa. —¿Acerté? —continuó él, ignorándola, dando un paso que obligó a Diego a ponerse en guardia—. Te fuiste de aquí un martes de octubre. Regresas con un niño de tres años que… Diego frunció el ceño, su sonrisa falsa desapareciendo. Miró a su esposa, luego al mecánico, y finalmente al niño. La semilla de la duda, pequeña y negra, fue plantada en ese instante. —¿De qué está hablando este hombre, Val? —preguntó Diego, su voz perdiendo la seguridad corporativa. Nicolás soltó una risa seca, un sonido carente de humor. Dio un último paso, quedando cara a cara con Valeria. Podía oler el perfume caro de ella mezclado con el miedo; ella podía oler el tabaco y el aceite de motor que siempre habían definido a Nicolás. —¿Sí o no? —susurró Nicolás—. Valeria miró a Luca, que jugaba ajeno al desastre, y luego a los dos hombres que representaban sus dos vidas: la que había construido sobre una mentira y la que había intentado enterrar bajo el cemento de la ciudad. El pasado no estaba muerto. Estaba allí, de pie frente a ella, con las manos manchadas de grasa y reclamando un derecho sobre algo que consideraba nunca debió haber perdido.

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