La llamada había durado cuatro minutos. Valeria lo sabía porque había mirado el reloj de la pared de la recepción del hotel mientras marcaba. Las doce y diecinueve. Diego estaba en la habitación con Luca. Valeria había dicho que bajaba a pedir hielo para Luca, que tenía fiebre, que necesitaba algo. Diego no había preguntado nada. Eso también lo había aprendido de cuatro años con él: cuando le dabas una razón con el nombre de Luca en el centro, Diego no preguntaba. Porque discutir eso lo hacía verse mal incluso ante sí mismo. Había caminado hasta el teléfono de la cabina junto a la conserjería. No el de su celular. No el que Diego podía revisar con la misma naturalidad con que revisaba su correo o la disposición de los cojines del sofá. Ese teléfono no. Había marcado el número de memo

