Valeria había llegado pensando que el invierno castellano ya había dado todo lo que tenía y resultó que no. Enero llegó con otro grado de intención. Como si diciembre fuera el ensayo y enero el hecho consumado. Pero la casa de Remedios tenía la chimenea. Y Remedios sabía hacer el fuego de una manera particular, con dos trozos gruesos en la base y uno fino encima, que lo hacía durar hasta la mañana sin que nadie tuviera que levantarse a añadir más. Luca había aprendido a no tocar la rejilla de la peor manera. No le quemó los dedos, pero el calor fue suficiente para que el cuerpo sacara su propia conclusión antes de que Valeria pudiera decir nada. Desde entonces la miraba desde lejos con ese respeto que tienen los niños cuando han entendido que algo tiene límites reales. —El taller ya tie

