Guanajuato sin Valeria era el mismo de siempre. Eso era lo peor. Las mismas calles empedradas. El mismo olor a tierra mojada después de la lluvia de la madrugada. El mismo verde oscuro del cerro recortado contra el cielo de las seis de la mañana. Nada había cambiado, y sin embargo todo lo que Nicolás miraba tenía un borde diferente. Como cuando se te raja un lente y ya no puedes ignorar la fractura aunque veas perfectamente por el resto del vidrio. Cargó la cubeta con agua sucia hacia afuera del taller prestado. El taller de don Hilario. Tres cuadras del suyo. Del que ya no existía más que como paredes chamuscadas y un olor a aceite quemado que no se iba aunque lloviera. Don Hilario le había cedido el espacio por lo que quedara del mes, más porque le tenía lástima que por caridad, aunq

