CUATRO AÑOS ATRÁS La oficina olía a papel nuevo y a café caro. Valeria se quedó parada frente al escritorio que ahora era suyo. Madera clara. Computadora de última generación. Una lámpara de escritorio que costaba más que un mes de renta en Guanajuato. Todo impecable. Todo perfectamente organizado. Todo ajeno. Tocó sus orejas como en un acto reflejo. Los aretes discretos, pequeños. No los de oro. Esos seguían guardados en el cajón del departamento, como testigos que no quería convocar. Había pasado una semana desde su llegada a Ciudad de México. Siete días que se sentían como siete años. El departamento vacío. Las náuseas matutinas que la obligaban a levantarse a las cinco de la mañana para vomitar en silencio. El peso del secreto creciendo dentro de ella junto con el bebé. Seis sema

