PRESENTE
Diego se había llevado a Luca a desayunar.
—Necesitas descansar —le dijo, besándola en la frente con esa ternura calculada que usaba cuando quería controlarla—. Ve a ver la casa. Yo me encargo del niño.
Valeria no discutió. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba no sentir los ojos de Diego vigilándola cada segundo.
Caminó sola por el Callejón del Beso. El sol de la mañana se filtraba entre los edificios coloniales, pintando sombras largas sobre el empedrado. Turistas tomaban fotos en el lugar exacto donde, según la leyenda, dos amantes se habían besado desde balcones opuestos.
Valeria conocía otra leyenda. Una que no salía en las guías turísticas.
La de una chica que había amado al hombre equivocado en el pueblo equivocado.
La casa de sus abuelos estaba a tres calles de distancia. Valeria sacó las llaves del bolso. Las mismas llaves que había heredado junto con el inmueble. Junto con todos los fantasmas que vivían adentro.
La puerta chirrió al abrirse. Ese mismo sonido de hace cinco años. De hace cuatro. De todas las veces que había venido a escondidas.
El olor la golpeó primero. Humedad. Polvo. Tiempo muerto. Pero debajo de todo eso, algo más. Algo que olía a recuerdos que no se podían lavar.
Entró.
La luz del día se colaba por las ventanas sucias, dibujando rectángulos pálidos en el piso de madera. Las sábanas blancas cubrían los muebles como sudarios. Nadie había vivido aquí en años. Nadie excepto los fantasmas.
Valeria caminó despacio por la sala. Sus tacones resonaban en el silencio. Cada paso levantaba nubes pequeñas de polvo que flotaban en los rayos de sol.
Se detuvo frente a la pared del fondo.
El mural.
Seguía ahí. Descascarado. Arruinado por el tiempo y la humedad. Una Virgen de Guadalupe con los ojos borrados. Un arcángel sin rostro. Santos que habían perdido sus nombres.
Valeria extendió la mano. Sus dedos rozaron la pintura agrietada. Fría. Áspera.
Y de repente ya no estaba sola.
DIEZ AÑOS ATRÁS
—¿Estás segura de que nadie viene?
La voz de Nicolás sonaba nerviosa. Tenía diecisiete años y acababa de besar a Valeria por primera vez hacía menos de una hora. Seguía temblando.
—Mis abuelos están en misa —respondió ella, jalándolo hacia adentro—. Nunca regresan antes de las dos.
—Si nos descubren...
—No nos van a descubrir.
Valeria cerró la puerta. El corazón le latía tan fuerte que pensaba que se le iba a salir del pecho. Había planeado esto toda la semana. Había ensayado qué decir, cómo actuar, dónde llevarlo.
Nicolás miraba todo con los ojos muy abiertos. La casa de los abuelos de Valeria era más grande que toda su casa. Los muebles eran antiguos pero elegantes. Las paredes tenían cuadros con marcos dorados.
—Es bonito —murmuró él.
—Es viejo.
—Para ti todo es viejo. —Nicolás sonrió. Esa sonrisa torcida que hacía que a Valeria se le aflojaran las rodillas—. Deberías ver mi cuarto. Ahí sí está todo viejo y feo.
—Algún día me lo vas a enseñar.
—Algún día.
Se miraron. El aire entre ellos cambió. Ya no era nervioso. Era otra cosa. Algo más pesado. Más peligroso.
Valeria dio un paso hacia él. Luego otro. Hasta quedar tan cerca que podía ver un brillo dorado en sus ojos oscuros.
—¿Me vas a besar otra vez? —preguntó ella—. O tengo que esperar otros seis meses.
Nicolás soltó una risa corta. Nerviosa.
—No sabía si querías. Parecías... no sé. Asustada.
—No estaba asustada. Estaba sorprendida.
—¿Sorprendida de qué?
—De que me gustaras tanto.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Valeria sintió que se le subían los colores a la cara. Nunca había sido tan directa. Las chicas de su familia no eran directas. Eran discretas. Recatadas. Esperaban a que los hombres dieran el primer paso.
Pero Valeria estaba cansada de esperar.
Nicolás la miraba como si acabara de decir algo en otro idioma.
—¿Te gusto?
—Obvio que me gustas, idiota. —Valeria se rió—. ¿Por qué crees que te pedí que vinieras?
—Pensé que... no sé. Que querías que arreglara algo. Tu familia siempre nos llama para arreglar cosas.
—No te llamé para que arregles nada.
—¿Entonces?
Valeria no respondió. En lugar de eso, se puso de puntitas y lo besó.
Esta vez fue diferente al beso anterior. Más lento. Más seguro. Nicolás puso las manos en su cintura, jalándola más cerca. Valeria sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa. Sintió cómo temblaba. Sintió cómo el mundo desaparecía y solo quedaban ellos dos.
Cuando se separaron, los dos respiraban agitados.
—Valeria... —empezó a decir Nicolás.
—No —lo interrumpió ella—. No digas nada. No lo arruines pensando demasiado.
—Pero tu familia...
—Mi familia no está aquí.
—Pero cuando se enteren...
—No se van a enterar.
Nicolás frunció el ceño. Algo en su mirada cambió. Se endureció.
—¿Qué significa eso?
—Significa que esto es nuestro. —Valeria le agarró la cara con las dos manos—. Solo nuestro. Nadie tiene que saber.
—¿Vas a esconderme?
—No es esconderte. Es... protegernos.
—Suena a lo mismo.
—Nico...
—Está bien. —Él suspiró. Le besó la frente—. Está bien. Por ahora está bien.
Pero no estaba bien. Valeria lo vio en sus ojos. En la forma en que apretó la mandíbula. En el espacio pequeño que puso entre los dos.
Desde el principio, ya estaba roto.
Desde el primer beso, ya estaban condenados.
PRESENTE
—¿Valeria?
La voz la hizo brincar. Se volteó tan rápido que casi pierde el equilibrio.
Nicolás estaba en el umbral.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Parado. Mirándola.
La luz de afuera lo iluminaba por atrás, convirtiéndolo en una silueta oscura. Pero Valeria hubiera reconocido esa silueta en cualquier lado. La inclinación de sus hombros. La forma en que se apoyaba contra el marco de la puerta. Las manos metidas en los bolsillos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella. La voz le salió más aguda de lo normal.
—Te vi entrar. —Nicolás dio un paso adentro—. Pensé que necesitabas ayuda con algo. O tal vez solo quería verte sin tu esposo vigilando cada movimiento.
Su voz tenía un filo que no estaba ahí antes.
—Estoy bien.
—No parece. —Su mirada se clavó en ella—. Ayer tampoco parecías estar bien. Cuando tu hijo me mostró ese camión.
Valeria se dio cuenta de que todavía tenía la mano sobre el mural. La bajó rápido, como si la hubieran atrapado haciendo algo malo.
Nicolás caminó hacia ella. Despacio. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus botas resonaban en el piso de madera. Cada paso era un latido. Cada latido era un recuerdo.
—Esta casa siempre fue nuestra —dijo él cuando llegó a su lado.
No la miraba. Miraba el mural. La Virgen sin ojos. Los santos descascarados.
—Era de mis abuelos —corrigió Valeria.
—Pero era nuestra. —Ahora sí la miró—. Aquí fue donde nos besamos. ¿Te acuerdas? Y aquí donde...
Valeria sintió que se le secaba la boca. Claro que se acordaba. Se acordaba de todo. Del sabor a cigarrillo en los labios de él. Del olor a jabón barato. De cómo le temblaban las manos cuando la tocó.
—Eso fue hace mucho —logró decir.
—Diez años no es tanto.
—Es una vida entera.
—Para ti, tal vez. —Nicolás se acercó más. Ahora estaban tan cerca que Valeria podía ver las manchas de grasa bajo sus uñas. Podía oler el aceite de motor en su ropa—. Para mí, fue ayer.
—Nicolás...
—¿Qué?
No tenía respuesta. No sabía qué decir. No sabía cómo explicarle que cada día de estos cuatro años había sido una tortura. Que cada vez que Diego la besaba, ella pensaba en él. Que cada vez que Luca sonreía, lo veía en sus hoyuelos.
Nicolás levantó la mano. Despacio. Le rozó la mejilla con los dedos. El toque fue suave. Casi no lo sintió. Pero fue suficiente para que se le erizara toda la piel.
—Todavía tiemblas cuando te toco —murmuró él.
—No estoy temblando.
—Mentirosa.
Valeria cerró los ojos. Si no lo miraba, tal vez podría pensar. Tal vez podría recordar todas las razones por las que esto era mala idea.
Pero entonces sintió el aliento de Nicolás cerca. Tan cerca. Olía a menta y a tabaco. A todo lo que había intentado olvidar.
—Dime que me detenga —susurró él—. Dime que me vaya y me voy.
Valeria abrió los ojos. Lo miró. Esos ojos que veía cada noche en sus sueños.
—Yo...
El teléfono sonó.
La música estridente atravesó el silencio como un cuchillo. Valeria brincó hacia atrás, alejándose de Nicolás como si la hubieran quemado.
Sacó el teléfono del bolso con manos temblorosas.
Diego.
Claro que era Diego.
—¿Contestas? —preguntó Nicolás. Ya no sonaba suave. Sonaba amargo.
—Tengo que...
—Claro. Tienes que.
Valeria deslizó el dedo sobre la pantalla.
—¿Hola?
—Amor. —La voz de Diego sonaba alegre. Demasiado alegre—. ¿Dónde estás? Luca quiere enseñarte algo.
—Estoy en la casa. Ya casi termino.
—¿Necesitas ayuda? Puedo ir.
—No. No, estoy bien. Voy para allá.
—Te esperamos. Te amo.
Colgó antes de que ella pudiera responder.
Valeria guardó el teléfono. Cuando levantó la vista, Nicolás ya estaba en la puerta.
—Nicolás, espera...
Él se detuvo. No se volteó. Solo se quedó ahí, de espaldas a ella, con la mano en el marco de la puerta.
—¿Te acuerdas qué pasó la última vez que estuvimos aquí? —preguntó él.
Valeria sintió que se le cortaba la respiración. Claro que se acordaba. La casa abandonada. La pared de santos.
—Nico...
—Ya sé. —Su voz sonó cansada—. Ya sé que no podés acordarte. Porque él te está esperando.
Salió sin mirar atrás.
Valeria se quedó sola. Rodeada de fantasmas. Rodeada de todo lo que había perdido.
Y por primera vez desde que había regresado a Guanajuato, se permitió llorar.