CUATRO AÑOS ATRÁS
—Uff…
—Ah… no puedo más…
Jadeaban. Los dos. El pecho les subía y bajaba al mismo tiempo después de haber corrido por esas escaleras, escapándose de la fiesta en la calle. Arriba, los cohetes reventaban en el cielo. O eran truenos. Ya no sabían. Una tormenta venía en camino.
—Va a llover —susurró Nicolás en su oído. La besó. Un beso rápido, desesperado—. Mi taller está cerca.
Valeria no dijo nada. Solo asintió.
Siguieron corriendo. Hacia ese lugar que era de ellos. Donde no existían los prejuicios de la familia de ella. Donde no importaba que él no pudiera darle todo lo que ella merecía. Donde solo eran Nicolás y Valeria. Nada más.
La lluvia empezó a caer cuando Nicolás peleaba con el candado del taller. Sus dedos resbalaban torpes sobre el metal frío mientras el agua empezaba a empapar la camisa blanca de Valeria, volviéndola transparente. Ella se abrazó a sí misma, pero no por el frío. El calor que emanaba de su cuerpo después de la carrera, después de los besos robados entre las calles del centro, era suficiente para mantenerla ardiendo.
—Ya casi… —murmuró él, y finalmente el candado cedió con un chasquido metálico.
La puerta se abrió con un chirrido que el rugido de la tormenta casi tragó por completo. Nicolás la empujó hacia dentro con una urgencia que hacía que el corazón de Valeria latiera aún más rápido. El taller los recibió en penumbra como una boca hambrienta. Olía a gasolina vieja, a metal, al sudor de Nicolás por las horas que pasaba ahí metido arreglando carros ajenos.
Él buscó a tientas el interruptor de luz. El foco desnudo que colgaba del techo parpadeó dos veces antes de estabilizarse, iluminando el espacio con un resplandor amarillento y enfermizo. El taller era chico, abarrotado de herramientas que colgaban de las paredes como órganos expuestos. Había un Datsun viejo a medio desarmar en el centro, sus tripas de motor regadas sobre una lona negra de aceite.
Valeria respiró hondo. Ese olor. Se le había metido en la piel después de años de venir aquí a escondidas. El olor de Nicolás. El olor de lo que no debía.
—Estás empapada —dijo él, echando el cerrojo cerrando la puerta tras de sí. El sonido al encajar resonó como una promesa. O como una trampa.
—Tú también —respondió ella, y su voz salió más ronca de lo que pretendía.
Se miraron. El espacio entre ellos vibró con todo lo que no podían decirse en las calles, en las fiestas, bajo la mirada vigilante de un pueblo que los juzgaría sin piedad. Aquí, en este refugio de metal y sombras, eran sólo ellos. Sólo Nicolás y Valeria. Solo dos cuerpos que se buscaban con una desesperación que dolía. Cuatro paredes entre las que podían fingir que el resto del mundo no existía.
Nicolás caminó hacia ella. Despacio. Las botas le dejaban huellas mojadas en el piso de cemento. Valeria no se movió. Nunca retrocedía con él. Levantó la cara, lo miró a los ojos.
Cuando la alcanzó, las manos de él encontraron su cintura como si tuvieran memoria propia. Años de esto. De verse a escondidas. De tocarse como si el mundo se fuera a acabar mañana. La jaló hacia él y Valeria sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa mojada. Se besaron con ganas, con desesperación. No era un beso suave. Era el beso de dos personas que saben que el tiempo se les acaba, que cada encuentro podría ser el último.
Las manos de Valeria subieron por el pecho de él, sintiendo los músculos duros bajo la camiseta empapada. Nicolás emitió un sonido ronco contra su boca. Sus dedos se enredaron en el pelo mojado de ella, tirándole la cabeza hacia atrás. Le besó el cuello. Le mordió. Le dejó marca.
—Nicolás…—suspiró ella, y su nombre en los labios de Valeria sonaba como una plegaria y una maldición al mismo tiempo.
Él se detuvo. Respiraba agitado. Apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos, como si estuviera peleando con algo que no podía controlar.
—No deberíamos —murmuró, aunque las manos seguían aferradas a su cintura, contradiciendo sus palabras—. No deberíamos seguir con esto.
—¿Por qué paras? —preguntó Valeria. Le tembló la voz—. ¿Por qué siempre haces lo mismo?
Nicolás abrió los ojos. La miró de esa forma que la quemaba por dentro.
—Porque esto no va a ningún lado, Valeria. Tú lo sabes. Yo lo sé. Estamos jugando a algo que nos va a terminar de j***r a los dos.
Las palabras cayeron entre ellos como piedras. Algo se apretó en su pecho. Algo que dolía.
—No digas eso —susurró, aferrándose a su camiseta—. No lo arruines ahora.
—¿Arruinarlo? —Nicolás soltó una risa seca, sin humor—. Esto ya está arruinado, Valeria. Desde el principio.
Se soltó de ella. Dio un paso atrás. Valeria sintió el frío de golpe, peor que la lluvia. Lo vio caminar al rincón donde una manta raída descansaba sobre una pila de neumáticos viejos. La agarró y se la extendió.
—Sécate. Te vas a enfermar.
Pero ella no la agarró. Se quedó ahí parada, con el agua chorreándole del pelo, haciendo charquitos en el suelo.
—¿Qué quieres que haga, Nicolás? ¿Qué lo dejemos? ¿Que finjamos que nunca pasó nada?
—¡Quiero que seas honesta! —explotó él. La manta cayó al piso—. Quiero que dejes de esconderme. Quiero que tu familia sepa que existo. Quiero… —Se pasó las manos por el pelo, frustrado—. Quiero dejar de ser tu puto secreto sucio.
Las palabras le dolieron como cachetadas. Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, mezclándose con el agua de lluvia que todavía le escurría por la cara.
—No es tan fácil…
—¿No es tan fácil? —la cortó Nicolás, dando un paso hacia ella, y en sus ojos había rabia ahora, una rabia que llevaba guardando meses—. Llevamos años juntos, Valeria. Seis putos años. El último año pensé que finalmente íbamos en serio. Y todavía no le has dicho a tu mamá. Todavía sales con esos hijos de papi de tu universidad cuando ella pregunta. Todavía haces como que yo no existo cada que llegas a tu casa.
—¡Porque no lo entenderían! —gritó Valeria, y su voz rebotó en las paredes de lámina—. Porque mi familia nunca lo aceptaría. Porque para ellos tú eres…
Se calló. Se mordió el labio. Pero ya era tarde. Las palabras que no dijo flotaban ahí entre ellos, más peligrosas que cualquier verdad.
—¿Qué soy, Valeria? —preguntó Nicolás, y ahora hablaba bajito, peligroso—. Dilo. ¿Qué soy para tu familia?
—Nico, no…
—¡Dilo! —el grito la hizo brincar—. Dime qué piensan tus padres de mí. Dime por qué no soy suficiente para ti.
Valeria cerró los ojos. Las lágrimas le corrían calientes por las mejillas.
—Eres mecánico —susurró, y cada palabra era un cuchillo clavándose en su propio pecho—. No estudiaste. No tienes el apellido correcto. No tienes dinero. No tienes… lo que ellos esperan para mí.
Nicolás se quedó inmóvil. Tan inmóvil que Valeria pudo ver cómo se le movía la nuez al tragar. Como si las palabras le hubieran golpeado físicamente
El silencio después fue total. Ni siquiera el tamborileo de la lluvia contra el techo de lámina parecía atreverse a romperlo.
Cuando Valeria abrió los ojos, Nicolás la miraba distinto. No con rabia. No con dolor. Con algo peor. Con resignación.
—Tienes razón —dijo al fin, y la voz le sonó vacía—. No tengo nada de eso. Solo tengo esto. —Abrió los brazos, abarcando el taller—. Un taller de mierda en un callejón olvidado. Manos sucias. Un futuro que no pasa de mañana.
—No quise decir…
—Sí quisiste —la interrumpió, y había una calma terrible en sus palabras—. Y está bien. Es la verdad. Yo siempre lo supe. Pero tú… tú sigues viniendo. Sigues besándome. Sigues diciéndome que me amas. ¿Por qué, Valeria? ¿Por qué sigues jugando conmigo si sabes que esto no puede acabar bien?
El piso se le movió bajo los pies. Se abrazó a sí misma, temblando. No sabía si era por el frío o por el miedo de perderlo.
—Porque te amo —dijo, y la voz se le quebró—. Te amo de una forma que me asusta. Te amo tanto que a veces no puedo respirar cuando no estás. Te amo…
—Pero no lo suficiente —terminó él—. No lo suficiente para pelear por mí.
Las palabras fueron como una sentencia. Valeria quería negarlo. Quería gritarle que estaba equivocado, que sí pelearía, que lo elegiría sobre todo. Pero las palabras se le atoraban en la garganta porque los dos sabían que era mentira.
Nicolás se acercó otra vez. Sus manos, esas manos manchadas de grasa que tantas veces la habían hecho sentir viva, le agarraron la cara con una ternura que contrastaba cruel con la dureza de sus palabras.
—Algún día —murmuró, y el pulgar le limpió una lágrima—, te vas a casar con uno de esos tipos que tu familia quiere. Vas a tener una casa bonita y una vida perfecta. Y yo… yo voy a seguir aquí, en este taller de mierda, acordándome de cómo era tenerte.
—No digas eso —sollozó Valeria, aferrándose a sus muñecas—. Por favor.
—Es la verdad, mi amor. —La besó entonces, despacio, suave, como memorizando el sabor de sus labios—. Y los dos lo sabemos.
Se apartó. Caminó a la puerta del taller y la dejó ahí, temblando y rota. Puso la mano en el cerrojo.
—Deberías irte. Ya paró de llover. Tu familia se va a preocupar.
—Nicolás…
—Vete, Valeria. —La voz le salió cansada, vencida—. Vete antes de que te pida que te quedes. Porque si te pido que te quedes, sé que vas a decir que no, y no sé si pueda aguantar escucharlo otra vez.
Valeria se quedó parada ahí, viéndole la espalda. Quería correr hacia él. Abrazarlo y decirle que se quedaba, que lo elegía, que nada más importaba.
Pero los pies no se le movían.
Y él lo sabía.
Después de un rato que se sintió eterno, Valeria recogió su bolso del suelo. Los dedos le temblaban tanto que apenas podía agarrarla. Caminó hacia la puerta. Cada paso dolía.
Cuando pasó junto a Nicolás, él no la miró. Tenía la vista clavada en el piso, la mandíbula apretada, aguantando todo lo que no podía decir.
—Te amo —susurró ella, sabiendo que no era suficiente, que nunca había sido suficiente.
Él no contestó.
Valeria salió a la noche húmeda. La lluvia había parado, pero el aire estaba pesado, olía a tierra mojada y a cosas perdidas. Detrás de ella oyó el cerrojo cerrarse.
Caminó por el callejón con paso tambaleante. Las piernas apenas la sostenían. Sentía el estómago revuelto, pero no sabía si era por el llanto o por algo más.
Algo que no podía nombrar todavía.
Algo que crecía dentro de ella, silencioso y ajeno a toda la destrucción.
Valeria se detuvo en una esquina y se apoyó contra la pared. Una náusea repentina la dobló en dos. Respiró hondo, tratando de controlarla. Últimamente le pasaba seguido. Pensaba que era el estrés, las mentiras, el peso de vivir dos vidas.
No sabía que era otra cosa.
No sabía que ya no estaba sola en su cuerpo.
Se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Miró hacia atrás, hacia el taller donde Nicolás se quedaba con su dolor y su rabia. La luz amarillenta del foco seguía encendida, proyectando sombras en la calle mojada.
No volvería. No podía volver.
No después de esto.
Siguió caminando. Bajo las estrellas que comenzaban a asomarse entre las nubes. Con el sabor amargo de las lágrimas mezclándose con algo más amargo aún: la certeza de que acababa de romper algo que nunca podría reparar.
Y mientras sus pasos resonaban en el empedrado mojado, mientras el pueblo dormía ajeno a su tragedia, algo dentro de Valeria ya había comenzado a cambiar.
No sabía que pronto se subiría a un autobús a la Ciudad de México, huyendo.
No sabía que pasarían cuatro años antes de volver a ver esos ojos que la miraban como si fuera lo único que importaba.
Sólo sabía que acababa de romper algo que nunca iba a poder arreglar.
Solo sabía que acababa de perder a Nicolás.
Y eso, en ese momento, parecía la peor de las tragedias.
No podía imaginar que lo peor estaba por venir.
Y mientras caminaba de regreso a la casa bajo las estrellas que empezaban a salir entre las nubes, Valeria lloró. Lloró por el amor que tenía y no podía quedarse. Lloró por el hombre que dejaba atrás. Lloró por la cobarde en la que se había convertido.
Pero sobre todo, lloró porque Nicolás tenía razón.
El amor no era suficiente cuando vivías con miedo.