La comisaría de Sigüenza olía a papel húmedo y a calefacción de gasoil. No era grande. Un mostrador. Dos escritorios. Una sala al fondo con una mesa de madera clara y cuatro sillas que no hacían juego. En la pared, un mapa de la provincia con chinchetas de colores que nadie había actualizado en años. Valeria llevaba cuarenta minutos sentada frente al agente mayor. Se llamaba Fernández. Lo había dicho al principio con ese tono de quien ya sabe que el nombre no importa tanto como lo que viene después. Tenía una libreta. Un bolígrafo. Las manos quietas sobre la mesa de quien sabe esperar. —Desde el principio —dijo—. Con calma. Valeria miró sus propias manos. Se las llevó a las orejas en un reflejo. Las aretes de su abuela. Ahí. Siempre ahí. Respiró. Y habló. Habló del matrimonio y

