Diego miró a Valeria durante tres segundos. Después miró a Nicolás. Después a Luca, que seguía con la cara enterrada en el cuello de Nicolás y los puños cerrados en la tela del abrigo. Y algo cambió en sus ojos. No era rabia. La rabia habría sido reconocible. Era otra cosa. La cara de quien acaba de hacer un cálculo y decidió que el resultado vale lo que cuesta. —Luca. Su voz. Tranquila. La de siempre. Luca no respondió. —Campeón. —Un paso—. Ven con papá. Nicolás no se movió. Pero sus brazos se cerraron un milímetro más alrededor del niño. Ese milímetro que Valeria vio y Diego también vio, y que era la única respuesta necesaria. —Apártate. —Diego. Sin volumen todavía. Hablándole a Nicolás como se le habla a un objeto que está en el lugar equivocado—. Es mi hijo y viene conmigo.

