Diez años después…
—¡Sí, no pares Jan! Sigue así…
Estaba apenas amaneciendo y Jan decidió atacarme mientras dormía profundamente. No hay cosa más placentera que te despierten de buena mañana con un orgasmo del bueno. Nuestros gemidos se filtraban por toda la habitación mientras aquel dios nórdico me embestía una y otra vez cada vez más profundo y apremiante.
Se inclinó para darme uno de los besos más guarros y sórdidos que me haya dado un hombre mientras me penetraba sin compasión. Cuando todo terminó, nos quedamos jadeantes tendidos encima de la cama, sudorosos y con ese olor agrio que inconfundiblemente deja el sexo pecaminoso y salvaje.
—Eso ha sido impresionante —me giré hasta parar encima de su pecho y besé sus labios.
Caí de nuevo rendida encima de sus enormes pectorales. Nos abrazamos un largo rato mientras nuestras respiraciones se calmaban. Hoy era uno de esos días en los que Jan se quedaba a dormir en mi casa y aprovechábamos cada segundo como si fuéramos una pareja de amantes que en cualquier momento podrían pillar in fragantti.
—¿De qué te ríes Katherine?
—Nada, es solo que estaba pensando en lo bien que follas por las mañanas.
Mis palabras hicieron el efecto deseado, me sujetó con fuerza por las nalgas y me lanzó de espaldas al colchón hasta parar justo debajo de su cuerpo. No hay falta decir que fuimos a por el segundo asalto de la mañana. Me encantaba que este hombre me siguiera así el juego, que se encendiera como un volcán en erupción justo como yo. Pocas veces una encuentra a una pareja s****l tan impresionante como él.
Nos dimos una larga ducha y desayunamos juntos. No sabía el tiempo que tardaría en volver a verlo, teníamos que aprovechar al máximo el tiempo juntos. Nos despedimos los dos con un tremendo beso al bajar del ascensor del edificio donde tenía mi apartamento, no me paré ni a ver las miradas de desaprobación de algún que otro vecino chismoso. El conserje nos dio los buenos días y con una sonrisa genuina, le devolví el saludo.
La verdad que no tengo duda alguna de que seguro algunos vecinos habrán tenido que escuchar algún que otro gemido, grito, o sonido típico de percusión. Me empiezo a reír como una loca mientras salimos camino de nuestros coches.
—¿Me das un besito o piensas marcharte, así como así? —Jan gimoteó un poco.
Me aprisionó contra la puerta de mi coche y nos despedimos con unos cuantos besos que me darían energía para pasar el día. Jan y yo no éramos pareja por así decirlo. Llevábamos algo más de un año en esa especie de relación que era de amigos con derechos. Nos conocimos una noche al salir con el mismo grupo de amigos.
Él sabe sobre mí lo que todo el mundo vamos, que soy una empresaria de éxito, que este año he conseguido llevar a mi marca a lo más alto de las pasarelas tanto del país, como del extranjero. Sin dudas donde más repercusión y éxito he tenido ha sido en Europa.
Él era un alto ejecutivo dedicado a la inversión en bolsa. Nunca le he preguntado mucho sobre su trabajo, la verdad sea dicha y yo trataba de hacerme un nombre en Europa y allí fue donde lo conocí, en la semana de la moda de Milán. Me habían invitado como diseñadora emergente y de repente nos presentaron en la presentación del desfile de unos amigos en común.
Es imposible no pararse a mirar a ese hombre dos veces; alto, rubio con una impecable barba bien cuidada y unos tremendos ojos azules que te partían en dos. Tiene otra cosa que te parte en dos… ¡j***r! ¡Deja de pensar en eso!
Me paro un momento para comprar un café para llevar de mi cafetería favorita. Maldita sea, le ponen virutitas de chocolate y nata por encima, ¿Quién en su sano juicio se resiste a eso? Nadie. Mi cabecita me decía que no era lo mejor para bajar de peso. Aún conservaba de vez en cuando esa vocecita interior que me decía que no podía pasarme comiendo esto y lo otro, y la cosa es que sí, que Katherine Monroe sigue siendo gorda.
Gorda de otra manera claro. Ya no soy la chiquilla introvertida y con un tremendo complejo con su cuerpo. Ahora no me tapaba, no me escondía de nada. Si a alguien no le gustaba verme, pues que mire pa otro lado. La gente que me conoce ahora, nunca hubiese imaginado a la Katherine de hace tan solo diez años.
Fui a la universidad como era el plan previsto —saludo al guardia de seguridad de mi empresa—. Aquella noche que llegué hecha un mar de lágrimas y mi padre me pilló intentando sin éxito quitarme todo el maquillaje corrido de mi cara, esa noche le pedí a mi padre que adelantara mi partida para la universidad. No quería pasar allí el verano en Huntsville, ni por todo el oro del mundo, vamos.
Mi padre pensó que tal vez se habían burlado de mi o algo así, y no iba tan desencaminado, pero no tuve el valor de contarle lo que pasó realmente, me moriría en ese mismo instante de la vergüenza. Lo planeamos todo para mudarme lo más pronto posible, en menos de una semana ya tenía hasta el alquiler, abono transporte pagado y hasta el pobre hombre había pensado que por mi comodidad era mejor que todo me parara cerca del nuevo departamento. Compartí casa ese año con otra estudiante.
De los cuatro años que se supone debería haber estudiado administración de empresas, al final solo fueron dos. Con el paso del tiempo aprendí de mi compañera de piso a coser, sí, sí, para mí también fue un shock darme cuenta de que me encantaba coserme mi propia ropa.
Al principio solo cosía para mí alguna que otra cosa. Como se me complicaba encontrar sobre todo blusas de mi talla que abarcaran este pecho, al final me lancé a diseñar un par y así empezó todo. En el campus las chicas me preguntaban dónde compraba mi ropa y una cosa llevó a la otra y me vi dos años después empezando de nuevo en otra ciudad con unas metas y objetivos totalmente distintos.
Saludé a los pocos trabajadores que habían llegado a esas horas a las oficinas. Sabía que en el taller seguro ya estaban trabajando duro, luego me pasaría a ver cómo iban mis nuevos diseños. Resoplé mientras me terminaba el café y leía los últimos correos que me habían enviado varias clientas pidiendo esto y lo otro.
Esa mañana estaba un poco melancólica, pues hace justo dos años que decidí fundar mi propia empresa de diseño de modas para mujeres Plus Size. Sí, efectivamente mi mayor clientela son mujeres con kilos de más, pero ojo, no solo las que tienen mucho dinero, mis modelos son asequibles a todos los bolsillos. Creo que por eso he tenido tanto éxito. Se acabó vestir como una señora chapada a la antigua o simplemente con prendas anchas y oscuras.
KatCurve Desing así se llamaba mi bebé. Estaba orgullosa no, lo siguiente. Lo único por quién lo sentí fue por mi pobre padre, él esperaba que regresara al pueblo y me ocupara del negocio familiar, pero de verdad que no era lo mío la industria de la carne. Demasiado hombre rudo alrededor. No sé que haré con papá, ha estado un poco insistente últimamente para que regrese a casa durante un tiempo.
—Buenos días señorita Monroe. Le traje café…
Mi asistente irrumpió con un leve toque en la puerta y cargada con una bandeja que llevaba café y unas donas de chocolate. Se atoró un poco cuando vio el vaso de café para llevar encima de la mesa.
—No importa Cecilia ¿Tomaste ya café? —duda un momento antes de responder.
—No. Aun no tomé.
Y estoy segura de que tampoco desayunó. Con una mirada reprobatoria le pido que se siente conmigo a desayunar. Cecilia se resiste un poco, es nueva en el puesto y quiere hacerlo con suma profesionalidad sí, pero se está pasando de formalismos. Además, no me hace falta que me diga nada para yo saber que lo que la trae amargada es mirar intensamente a esas donas de chocolate. Se las quiere comer, de eso no me cabe duda. Cojo una y la muerdo, le doy un pequeño bocadito.
—Uhmm, está deliciosa. ¿No quieres? —la tiento, sé que lo desea. Al final coge una y se toma el café conmigo mientras hablamos de la agenda del día. Suena mi teléfono personal. Es mi tío Josh.
—Hola tío Josh —le hago un gesto a Cecilia para que me deje a solas.
—Hola cariño, cuanto tiempo…ya no te acuerdas de tus tíos —oigo de fondo a tía Elaine saludándome.
—Oh, por favor no sean dramáticos, si hablamos hace apenas tres días. Se están haciendo mayores y cascarrabias, ¡lo confirmo!
Todos nos reímos a través del teléfono. Para resumir mucho, mi tío Josh me pone al día sobre algunos aspectos de la vida de mi padre que no tenía ni idea. Me comenta que últimamente anda medio cansado y fatigado. Que habló con él apenas hace un día y lo tiene preocupado.
—Hija, hace muchos años que no pasas una temporada con tu padre. Tal vez deberías plantearte pasar un tiempo con él.
Tenía razón, había ido de visita alguna que otra vez, pero nunca había pasado más de unos pocos días con él. Mi tío tiene razón. Tal vez pueda este verano, el trabajo disminuye mucho y podría plantearme un tiempo con papá y averiguar si todo es imaginación de mi tío o si está pasando algo serio...