El callejón olía a piedra húmeda y a tarde. Valeria lo conocía de memoria. Lo había caminado mil veces de niña, corriendo entre los turistas que se detenían a fotografiar las balconeras. Lo había caminado de adolescente, con Nicolás, fingiendo que no lo tocaba cuando en realidad cada roce era intencional. Lo había caminado la noche que todo empezó y la noche que todo terminó. Ahora lo caminaba sola, con la carta pegada al cuerpo y la cabeza demasiado llena para mirar por dónde pisaba. No lo vió venir. O quizás sí lo vio y eligió no procesar lo que veía. Porque cuando Nicolás apareció al final del callejón, recortado contra la luz de la tarde que entraba por el arco de piedra, Valeria se detuvo como si hubiera chocado contra algo invisible. No se movió. Él tampoco. Tres metros entre

