TRES AÑOS Y TRES MESES ATRÁS El dolor vino en oleadas. Como marea subiendo. Retrocediendo. Volviendo más fuerte cada vez. Valeria se aferró a las barras laterales de la cama de hospital. Los nudillos blancos. Las uñas clavándose en las palmas cuando no había nada más que agarrar. El cuerpo entero contrayéndose. Intentando expulsar lo que había cargado durante nueve meses. Lo que había escondido. Lo que había mentido. —Respira. —La voz de Diego. A su lado. Sosteniendo su mano con presión medida. Ni demasiado fuerte. Ni demasiado suave—. Así. Inhala por la nariz. Veinticuatro horas ya. Un día completo de contracciones que la partían por la mitad. De doctoras revisando centímetros de dilatación con dedos fríos y clínicos. De enfermeras diciendo “ya casi” cuando claramente mentían. —¡No

