Luca se quedó dormido con el camión de metal todavía apretado en la mano. Valeria lo acostó en la cama grande. Lo cubrió hasta el pecho. Le acomodó el rizo que siempre le caía sobre la frente. Hoyuelos que no eran de Diego. Nunca lo habían sido. Salió del cuarto con cuidado. Cerró la puerta hasta que el seguro encajó sin ruido. Diego estaba parado junto a la ventana. Mirando la calle. Las manos en los bolsillos del pantalón. No se volteó cuando ella entró. —El notario confirmó para mañana a las diez. —Lo dijo hacia el vidrio—. Si firmamos todo antes del mediodía, podríamos adelantar el regreso. Valeria se quedó de pie junto a la puerta cerrada del cuarto. El olor a ceniza seguía ahí. En el cabello. En el fondo de la garganta. —¿Qué tiene ese taller, Valeria? Él se volteó. Despac

