De regreso al hotel, Diego pidió el almuerzo a la habitación. Lo hizo con ese tono de siempre. Natural. Eficiente. Como quien no acaba de abrazar a su esposa frente a las ruinas de un taller incendiado con el mismo brazo con que firma contratos. Valeria se sentó en la silla junto a la ventana. Luca jugaba en la alfombra con el camión de metal. El sonido de las rueditas girando sobre el tejido era lo único que llenaba la habitación. Diego revisaba el teléfono de pie junto al buró. El mismo teléfono que nunca dejaba sin contraseña. El mismo que cargaba cada noche antes de dormir. El silencio era normal entre ellos. Habían aprendido a habitarlo. Pero este silencio era diferente. Tenía peso. Tenía forma. Valeria miraba por la ventana sin ver nada. Seguía oliendo a ceniza. —Están dicien

