CUATRO AÑOS ATRÁS Las semanas se volvieron un borrón. Días que sangraban hacia noches. Noches que amanecían en sábanas que no eran las suyas. Mañanas donde Valeria se despertaba junto a un hombre que conocía cada vez menos mientras él creía conocerla cada vez más. Diego. Siempre Diego. En la oficina a las nueve. Su café exactamente como le gustaba aunque nunca lo bebía completo. Las flores frescas cada lunes que Patricia arreglaba en el jarrón mientras sonreía como si supiera secretos que Valeria prefería no confirmar. —El Licenciado tiene muy buen gusto —decía Patricia, acomodando las peonías—. Para las flores y para otras cosas. El doble sentido flotaba en el aire. Valeria fingía no entenderlo. Trabajaban. Realmente trabajaban. Valeria digitalizaba expedientes hasta que las letras

