El restaurante japonés era exactamente lo que Valeria esperaba. Minimalista. Caro. Con un chef que manejaba los cuchillos frente a ellos con la solemnidad de un ritual. Diego ordenó por los dos. Omakase. Dejarse en manos del chef. Confiar. Una entrega total que a Diego parecía darle un placer casi físico. Valeria comió lo que le pusieron enfrente. Nigiris de un rosado pálido que se deshacían en la boca y arroz con el toque exacto de vinagre. —Confía en el proceso —le dijo él, mientras el chef colocaba una pieza de toro frente a ella—. En este mundo, Valeria, lo más difícil es encontrar a alguien en quien puedas delegar tus decisiones. Yo puedo ser esa persona para ti. Diego insistió en que probara el sake tibio. El vapor que subía de la pequeña taza de cerámica olía a arroz fermentado

