La grasa nunca salía del todo. Nicolás lo sabía desde los doce años, cuando su padre le enseñó que las manos de un mecánico son así: marcadas, porosas, con ese n***o permanente en las grietas de los nudillos que no se va ni con jabón de piedra ni con el cepillo de cerdas duras. Lo había olvidado. Tres meses en el penal de Silao te enseñan cosas que preferiría no saber y te quitan cosas que no sabías que tenías. Entre ellas, las manos. Las manos que salen blancas, suaves, inútiles. Las manos de un hombre que no trabajó. Las primeras semanas de vuelta, las miró como si fueran ajenas. Tardó. Pero volvieron. El taller era un esqueleto. Las paredes de piedra resistieron, como siempre resiste lo que construyó alguien que ya no está. Las paredes de su padre. El piso de cemento con la manc

