Madrid olía a diesel y a café quemado. Valeria salió de la T4 de Barajas con Luca en la cadera y una maleta que pesaba demasiado para lo poco que contenía. Cuatro años de vida reducidos a veintidós kilos. Ropa de Luca. Los aretes de su abuela. El papel con la dirección que había memorizado durante el vuelo hasta que se volvió parte de su cuerpo. Calle del Pez. Número siete. Segundo piso. Repitió la dirección en silencio. Como mantra. Como la única cosa real en un mundo que había dejado de tener suelo firme hacía cuarenta y ocho horas. —¿A qué huele, mami? —A España, mi amor. Luca arrugó la nariz. Considerándolo. —No me gusta. —Ya te va a gustar. Mentira pequeña. Necesaria. De las que se dicen para seguir caminando. La prima de su abuela que vivía en Madrid se llamaba Consuelo y t

