Lo vió antes de que él la viera a ella. Sentado sobre el cordón de la acera, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza inclinada. Desde lejos parecía un hombre descansando. Desde cerca era otra cosa. Valeria cruzó. El hollín le cubría los brazos hasta los codos. La camiseta blanca, grisácea ahora, pegada al pecho en franjas mojadas. El cabello revuelto con polvo gris. Tenía una cortada en el antebrazo izquierdo que nadie había limpiado. Un hilillo de sangre seca mezclado con ceniza. Había salido. Estaba vivo. Valeria sintió que las piernas le fallaban un segundo. Sólo un segundo. Se obligó a quedarse de pie. Nicolás levantó la vista cuando escuchó sus pasos. La miró. Sin sorpresa. Como si supiera que vendría. Como si hubiera estado esperando y ya no le importara. Sus ojos eran

