Don Ernesto Mendoza llegó a Guanajuato de madrugada. Cinco horas de carretera desde la ciudad, probablemente sin dormir. Diego lo supo porque Rodrigo lo llamó a las dos de la tarde con el informe del día: ninguna pista sólida sobre el destino de Valeria, la denuncia de sustracción lista para presentar, y —casi como dato accesorio al final— que el suegro había aparecido en el hotel esa mañana preguntando por su hija. Diego guardó el teléfono. El suegro. Ernesto Mendoza. Sesenta años. Cabello entrecano. Traje gris que siempre había visto mejores días. El hombre que cuatro años atrás había entrado a su oficina en el piso quince con una carpeta y una fotografía y la mirada de quien sabe que está vendiendo algo pero prefiere llamarlo “arreglo”. Diego había hecho el trato con los ojos abier

