Llegó a Tequisquiapan con el tanque casi vacío y la mandíbula apretada de tanto morder el interior de la mejilla. El auto de Don Hilario olía a aceite de motor y a Nicolás. A ese él que era una mezcla de cigarros y grasa limpia y algo más difícil de nombrar que Valeria había pasado cuatro años tratando de olvidar sin conseguirlo. Luca dormía en el asiento trasero con el camión de metal apretado contra el pecho, ajeno a todo, como son los niños cuando el sueño les gana. Sofía abrió la puerta antes de que Valeria tocara. Había luz adentro. El olor a café. Los geranios en la ventana. La cara de Sofía no hizo preguntas. Hizo espacio. —Entra. Valeria entró. Dejó la mochila. Puso a Luca en el cuarto del fondo con la delicadeza automática de las madres que operan sin dormir. Lo cubrió. Le a

