Valeria no se movió. Estaba de pie en el centro de la sala con la taza fría entre las manos y los pies plantados en las losas como si el frío hubiera subido desde el suelo y le hubiera entrado por las plantas. Esa voz. La misma que había estado describiendo sin saberlo tres minutos antes. La misma que había intentado enterrar en cuatro años de silencio y que seguía apareciendo en los bordes del sueño cuando bajaba la guardia. Ronca. Contenida. Real. Afuera, Luca decía algo. No llegaba completo. Sólo el tono, ese tono de niño que acaba de encontrar algo interesante y no ve ningún motivo para disimularlo. Después pasos. Los de Luca primero, rápidos, los de siempre. Y otros. Más lentos. Pesados de una manera específica, el peso de alguien que ha venido desde muy lejos y todavía no term

