El frío en Sigüenza entraba por los marcos de las ventanas como si las paredes fueran papel. No el frío que Valeria conocía. El de México tenía humedad, olía a tierra mojada, pesaba en los huesos de otra manera. Este era distinto. Limpio. Seco. El tipo de frío que no pide permiso y que al principio molesta y después, sin que uno lo decida, se vuelve parte del paisaje interior. Valeria estaba sentada en el banco de madera junto a la chimenea con una taza de té que ya no humeaba. No la había tomado. Llevaba un rato así, con la taza entre las manos y los ojos en el fuego, en ese estado que no es pensar y no es descansar sino flotar en el espacio entre las dos cosas. Remedios había dejado las brasas encendidas antes de irse al mercado que le recordaban que todavía era una criatura de sangre

