PRESENTE La plaza estaba llena de gente. Domingo por la tarde, cuando todo Guanajuato salía a pasear. Familias con niños. Parejas de novios. Turistas tomando fotos. Y en el centro de todo, como si el mundo girara a su alrededor, estaba Diego. Valeria lo observaba desde una banca al otro lado de la plaza. Luca jugaba a sus pies con su camión de metal, ajeno a todo. Ella había querido quedarse en la casa, encerrarse y no ver a nadie. Pero Diego había insistido. —Necesitamos socializar, amor. Es tu pueblo. Tu gente. No podemos escondernos. “Tu pueblo”, había dicho. Como si alguna vez hubiera sido suyo. Diego estaba rodeado de un grupo de hombres. Don Augusto, el dueño de la farmacia. El licenciado Méndez, que llevaba treinta años en el ayuntamiento. Dos comerciantes que Valeria reconocía

