En una oficina de la Ciudad de México, un teléfono sonó dos veces. Diego levantó la vista del contrato que revisaba. Era el número del detective. —Hable. —La encontré. Dos palabras. Diego las dejó ocupar el espacio un momento. Las pesó. Luego puso el bolígrafo sobre el escritorio con exactamente la presión necesaria para que no rodara. No dijo nada. Esperó. —España. —Una pausa. El detective tenía el hábito de intercalar silencios pequeños, como si cobrara también por el suspenso—. Un pueblo en Castilla-La Mancha. Sigüenza. Provincia de Guadalajara, unos ciento treinta kilómetros al noreste de Madrid. Diego no reconoció el nombre de inmediato. Eso lo irritó. Él siempre reconocía los nombres. —¿Cómo llegó ahí? —Familiares de la abuela materna. Lleva instalada probablemente desde hace

