Dos horas de carretera. El Tsuru olía a aceite viejo y a alguien que no era él. Un aromatizante de árbol verde colgado del retrovisor. Una botella de agua vacía en el asiento del copiloto. Una factura de gasolinera metida entre el tablero y el parabrisas con la letra apretada de alguien que no era Nicolás. El dueño del carro se llamaba Roberto. Nicolás lo sabía porque tenía la credencial de circulación en la guantera. Roberto Fuentes. Treinta y dos años. Dirección de una calle de Guanajuato que Nicolás conocía. Le devolvería el carro. Cuando esto terminara. Cuando supiera qué era “esto”. La carretera a Querétaro tiene esa cosa que tienen las carreteras de México cuando vas solo y de noche: se vuelven una sola línea blanca que el faro parte en dos y el tiempo deja de medirse en horas

