El taller olía diferente ahora. Ya no olía a grasa ni a metal ni a ese olor propio que tienen los lugares donde alguien trabaja de verdad con las manos. Olía a madera carbonizada y a agua estancada y a algo más que Nicolás no sabía nombrar. A final. Había vuelto tres veces en los últimos dos días. No para rescatar nada. No había nada que rescatar. Volvía porque no encontraba dónde estar si no era aquí. Porque este lugar había sido el único sitio en el mundo que era completamente suyo y ahora que no existía su cuerpo seguía buscándolo como se busca un diente que ya no está. Se agachó en el centro de lo que había sido el taller. Pasó los dedos por el piso quemado. Hollín. Carbón. Algo que la lluvia de los bomberos había convertido en una pasta oscura que ya se estaba secando. El fuego

