Ethan
Esto es una lata de sardinas. ¿Cómo pretenden que pasemos todos aquí la noche?
El señor Monroe, que todo sea dicho cada vez me cae peor… nos llevó a todos –después del shock–, a conocer su nuevo nidito de amor con mi madre. Para ponernos en contexto, ella ya no vive en el bloque de apartamentos donde nos criamos mi hermano y yo. Ahora mi hermano vive solo y mi madre se ha mudado a un piso enorme en el centro de la ciudad, que según ellos les viene mucho mejor para no tener que coger el coche.
—Bueno, pues aquí es. Ya hemos llegado, este es nuestro hogar —exclama con orgullo el nuevo esposo de mi madre, mientras le pasa una mano por sus hombros con orgullo.
Enarco una ceja al ver que tal vez para ellos es más que suficiente, pero dudo que todos podamos acomodarnos aquí.
—¿Cuántas habitaciones tiene? —Katherine se me adelanta.
Ese es otro tema,... Katherine. Poco queda de la chica a la que conocí hace casi diez años. Sigue siendo en esencia ella, pero dios mío, cuando la vi entrar y caminar hacia nosotros, con tanta seguridad, con esos vaqueros ceñidos y el top que marcaba sus enormes pechos. ¡Mierda! No, definitivamente no era la Katherine que conocí en el pasado. Es ella, son sus ojos, sus rasgos, pero con un cuerpo diez mil veces más endemoniado.
—Tiene solo dos habitaciones, contando con la nuestra de matrimonio claro.
—Papá, es claramente insuficiente para todos. ¿De verdad pensaron que podríamos caber todos aquí? —Katherine resopló. Por lo que deduje, debe estar agotada del viaje—. Bien, no tengo ahora mismo cabeza para escuchar lo que nos tengan que contar—los señala a los dos—, por lo que prefiero descansar y dormir en una buena cama y mañana será otro día.
—No nena, es que se han presentado todos de golpe. En ningún momento imaginamos que se iban a coordinar de esta manera.
Mi hijo se encontraba en lo alto del taburete de la isla de la cocina. Cenaba plácidamente de la mano de mi madre y no le quitaba los ojos de encima a Katherine, sin duda sentía curiosidad ante el tono enfadado que se gastaba.
Ella tiene razón y aquí no cabemos todos.
—Tal vez podamos reservar en un hotel. Curtis ¿te encargas de eso?
—No, no, por encima de mi c*****r —Monroe respondió sin darle tiempo a Curtis a responder—. Hija, escucha; por comodidad nos vinimos a vivir aquí, pero la casa de tu familia sigue activa y las habitaciones de la primera planta están limpias y equipadas para que las ocupéis el tiempo que haga falta. Ahora van a ser familia ¿Qué es eso de despilfarrar en hoteles?
Katherine gira su mirada lentamente hacia mí y veo que estrecha los ojos, con total y absoluta indiferencia, tal como si yo le cayera mal.
—¿Me dices que tengo que compartir casa con él? —y sigue con su mirada desdeñosa que me está taladrando—. No, no quiero.
La sorpresa es para todos por igual. La tranquila Katherine acaba de rechazar que pasemos la noche en su casa, pero vamos sin despeinarse. Esta no es la chica que yo conocí.
—¡Hija no seas grosera! Además, te vendrá bien tener un par de hombres en casa para que no estés tan sola. Recuerda que la casa está un poco apartada.
—No, no. Yo se lo agradezco mucho señor, pero esta misma noche me voy a casa de mi madre —Mira, Curtis se ha quitado de en medio al ver la que se avecinaba.
—Por favor, hace meses que no veo a mi nieto. Hijo, decidas lo que decidas déjamelo unos días en casa. Tenemos otra habitación.
Mierda, no me hace ninguna gracia dejar aquí a Nathaniel y si por la noche se arrepiente, se asusta y quiere volver conmigo. Mi madre me lo está suplicando con la mirada.
—Está bien mamá. Que Nathaniel pase la noche con vosotros y mañana sin falta estoy aquí y hablamos de lo que realmente nos importa —la fulmino con la mirada. Se han escaqueado de hablar de eso de que se han casado. ¡Eso es imposible!
Katherine no está muy dispuesta. Su cara es un muro inescrutable y ha adoptado una pose poco amigable con los brazos cruzados. ¿Tanto le desagrada que estemos bajo el mismo techo?
—En lo único en lo que podemos coincidir los dos, es en que mañana sin falta debemos hablar de este tema –el aura dominante de mi madre se vino abajo con las palabras de Katherine. Demonios, no pueden estar casados de verdad—. Haced lo que queráis, yo no puedo más y me marcho a casa a descansar.
Cogió la enorme maleta con ruedines y con un golpe y giro del enorme abrigo n***o, salió a toda velocidad por la puerta.
Me quedé como un pasmarote mirando la escena, impactado por lo tremendamente distante que parecía esta Katherine. No me hizo falta más, me despedí de mi hijo y dejé su diminuta maleta con mi madre. Le pedí que, si en algún momento mi hijo me echaba en falta, que me llamara sin dudar.
El señor Monroe me volvió a repetir que me hospedara en su casa familiar, pero yo no sé si eso iba a ser muy buena idea, es obvio que no soy del agrado de su hija. Es de noche, todo está cerrado y solo quiero una cama donde descansar y darme una buena ducha.
Oh, sí, eso una ducha caliente. Me estremezco del gozo solo con pensarlo.
También tengo hambre, pero bueno primero la cama y luego ya veremos.
Salgo pensando y rebuscando si tengo las llaves del coche o se las ha llevado Curtis. No, las llevo en uno de los bolsillos de mi chaqueta. Meto mi maleta en el maletero y miro hacia la ventana del apartamento de mi madre, aún sin saber del todo si he hecho bien en dejar pasar la noche solo a Nathaniel… espero que esté bien y no le de guerra a su abuela.
Me pongo en marcha rumbo a la dirección que me ha dado ese hombre. Como si yo no supiera de sobra dónde se encuentra esa enorme casona. De joven me asombraba lo grande que era, el jardín delantero tan bien cuidado que parecía tener. No sé, tal vez era mi yo niño y adolescente el que magnificaba las cosas, pero a mis ojos parecía imponente.
No pasan ni cinco minutos y comienzo a vislumbrar por el arcén de la carretera una silueta. Vaya, ese contoneo no puede pertenecer a otra persona que no sea ella. Eso, y que arrastra una maleta. Me pongo a su altura y sin parar bajo la ventanilla.
—¿Adónde crees que vas a estas horas de la noche tu sola arrastrando esa maleta? —me mira, pero levantando una ceja y acto seguido eleva su mandíbula al frente. Dios, que mujer más soberbia.
—Sube al coche, yo te llevo.
Nada, hace oídos sordos. Una idea maléfica se me acaba de ocurrir y no puedo evitar que me salga una medio sonrisa.
—Bueno, haz lo que quieras… pero estamos en una región rodeados de bosques de pinos. Yo de ti, no caminaría sola por la noche –he llamado su atención, me mira—. No lo sabes eh, por lo visto se ha avistado a un imponente coyote que acude a la ciudad buscando comida.
¡Bingo! se ha parado en seco, estática en el sitio se ha quedado. Nota mental; le dan miedo los coyotes.
Como veo que no se decide, extiendo el brazo y abro por dentro la puerta del acompañante.
—¡Sube! es muy tarde, estoy cansado para soportar tanta tontería.
¡Será terca! ahora me mira con absoluto odio, como si fuera una niñita pequeña a la que obligas a hacer las cosas.
—Muy bien, pues me voy —con las mismas cierro la puerta de golpe.
—¡Espera! —por fin habla la muda—. Subiré.
No sé si es que ella esperaba que yo me bajara a cargarle la maleta, pero ni en sus mejores sueños haría algo así y menos después de la escenita que acabamos de protagonizar. Que mujer tan cansina y lo que me trae pensativo es por qué es tan terca. Oh, ahora que lo pienso, tal vez no le gustan los deportes al extremo de odiarme.
No, no creo que sea eso…muy rebuscado hasta para mí.
Durante todo el camino a la casa fue sentadita en silencio, no salió de su linda boca ni un solo sonido. De vez en cuando no podía evitar mirar de reojo su cara apoyada en el cristal, melancólica. Pensé un par de veces en darle conversación, aunque creo que no es el mejor momento para eso. Tal vez mañana ya descansados los dos, esta mujer cambie de estrategia conmigo.
Quien me iba a decir que diez años después de que ella me diera clases y me salvara de suspender el último curso, terminaríamos siendo hermanastros…