La nueva señora Monroe

1454 Words
Desde antes de tocar el pomo de esa puerta y tirar para abrirla se podían escuchar las voces que provenían del interior. Katherine no podía ocultar ni controlar el enfado creciente. Por culpa de su padre se veía arrastrada otra vez a meterse dentro de un taxi, con maletón y todo para dirigirse a otro punto de la maldita ciudad. Por cierto, uno que conocía muy bien. Nada más y nada menos que aquel restaurante de comida rápida que solían frecuentar los dos los viernes por la tarde. Nada más entrar en la que fue su antigua casa y prender la luz, se quedó petrificada sin poder creer lo que veían sus ojos. Ahí no había señales de vida alguna, pero desde hace mucho tiempo. Los muebles grandes estaban todos cubiertos con sábanas para no coger polvo. Katherine caminó hasta la cocina y sus sospechas de que ahí no había vivido nadie en mucho tiempo, se confirmaron. Abrió la nevera y aunque funcionaba a la perfección, no había ni un triste yogur, nada de nada… Estaba claro que su padre hacía mucho tiempo que no vivía en la propiedad. Ya en la entrada le dio algo mala espina y no andaba muy desencaminada. ¿Por qué demonios no está él viviendo aquí? Y lo que es más preocupante. ¿Por qué no le había dicho nada a ella? Enseguida Katherine empezó a preocuparse y a recordar las palabras de su tío donde le decía que algo ocurría con su padre y ella misma recordaba lo raro que lo había notado en sus últimas llamadas. Katherine no pudo evitar preguntarse si algo malo le estaba sucediendo, si tal vez se había metido en algún lío. A estas alturas su cabeza era un caos y se imaginaba lo peor. El día de antes estuvo hablando con él y no le dijo nada que la pudiera poner sobre aviso de esto… de esta sorpresita que se acababa de llevar ella. Llamó a su padre. Un tono, dos, tres, cuatro, … cuando estaba a punto de colgar y rendirse, su padre contestó la llamada, pero se oía mucho alboroto de fondo. Él se escuchaba algo entrecortado y solo alcanzó a darle algunas señas, concretamente el restaurante de la señora Brooks. Perfecto, así podría cenar algo. Se le hacía la boca agua recordando lo deliciosas que eran sus hamburguesas. Así pues, con mucha resignación y parte de cansancio en el cuerpo, se bajó de aquel taxi justo en la puerta del restaurante. Pagó y se encaminó al local. Se podían escuchar voces algo subidas de tono, pero a esta hora no esperaba que hubiera mucha gente cenando. Cuando abrió la puerta y entró al local, todas las miradas se posaron sobre ella. De pie frente a ella podía ver las espaldas de dos hombres y un niño. Al fondo por fin el rostro conocido de su padre y parecía estar bien. Bastante bien a decir verdad, los años lo habían tratado con generosidad, seguía teniendo esas facciones tan masculinas propias de su padre. Justo a su lado había una mujer, pero no pudo fijarse muy bien en ella. Katherine caminó con paso elegante y decidido hasta ponerse a la misma altura de los dos hombres que la observaban con bastante atención, por no decir que le estaban dando un buen repaso de arriba a abajo. Ahora agradecía no haberse vestido muy llamativa ese día. Llevaba unos vaqueros ajustados y ceñidos a su cintura, un top n***o ajustado que dejaba ver parte de su barriga y un enorme cardigan de corte recto n***o, que le tapaba todo el trasero hasta llegar a sus rodillas. —¡Katherine cariño! ¿Qué haces aquí? —el señor Monroe estaba atónito de ver a su hija justo en este preciso instante y en ese sitio. La mala suerte se estaba cebando con él, primero Ethan entra por esa puerta sin avisar a nada ni a nadie y unos minutos después en medio de tremenda discusión, lo llama su hija y sin casi entender ni palabra de lo que le dice por teléfono, le dice que está cenando en el burguer de siempre y aquí está ella. —Oh, sí yo también me alegro de verte papá. ¡Cuánto tiempo! —Katherine ya no pudo evitar sacar el tono de molestia, encima que estaba súper cansada, su padre pareciera que no se alegraba de verla. Ahora que se había detenido a observar con atención a todos los presentes, ella podría reconocer en cualquier lugar y sin lugar a dudas al pelinegro que tenía parado justo a su lado y que no le quitaba los ojos de encima. Era Ethan Brooks y el otro su sombra Curtis. El niño no tenía ni idea de quien era, pero era una cosita rubia adorable que la miraba con la boca abierta. —¿Se puede saber a qué vienen tantos gritos? Se os escucha desde antes de entrar. —Dios mío Ethan, ¿ves lo que has conseguido? Mañana seremos la comidilla de todo el pueblo —le reprocha Curtis—. Adiós al anonimato… —Tú cállate que esto a ti no te concierne —Ethan respondió furioso a su amigo. Después de la entrada de Katherine por fin recordaba lo que estaba pasando segundos antes aquí. —¿Alguien me explica qué está pasando aquí? —Kath pregunta con auténtica curiosidad. El padre de Kath intenta responderle, pero Ethan lo hace antes y no se sabe si va a ser mejor o peor. —Yo te lo diré. Hoy vine a darle una sorpresa a mi madre. Hace meses que no nos vemos. ¿Y qué me encuentro nada más llegar? Adivina… Se hizo el silencio por largos y eternos segundos. Ahora que ponía más atención se daba cuenta que la mujer justo al lado de su padre era la madre de Ethan, la señora Brooks. Sin duda los años le habían sentado bien. Ella recordaba a una mujer menguada, con semblante casi siempre pálido y ojeras. Sin duda ahora estaba viviendo tiempos mejores. Ahora era una madura rubia despampanante que tenía un gusto bastante clásico para vestir, pero nada nuevo bajo el sol de Texas. Una especie de ardor comenzó a invadir el cuerpo de Katherine, empezando por los pies, subiendo por las piernas e instalándose en el centro de su estómago y como si antes estuviera ciega, empezó a darse cuenta de los detalles. La madre de Ethan llevaba el pelo algo despeinado, su labial un tanto difuminado alrededor de sus labios y estaba ruborizada como un tomate. —Te iluminaré, aunque por tu cara ya veo que te has dado cuenta. He pillado a nuestros padres en una posición bastante comprometedora y reveladora sobre los asientos mientras se metían las lenguas hasta la campanilla. Curtis le tapó las orejitas al niño y Ethan le pidió que lo sacara a fuera, aun nos quedaba mucho por hablar y seguro se iban a decir tacos. Kath consiguió salir de su estupor. —Aun te diré yo a ti más —se dirigió a Ethan sin apartar la mirada de su padre—. Hoy he aterrizado en este pueblo, después de unas siete horas de viaje. ¿Y sabéis lo que me encuentro? Nada, absolutamente nada. Una casa vacía, con muebles cubiertos por sábanas y nada de comida en la nevera o los armarios. Dime papá ¿desde cuándo viven juntos y dónde? Porque en esa casa es seguro que no. Su padre traga saliva y toma de la mano a la madre de Ethan, haciéndola avanzar un paso justo donde está él. Pasa una mano alrededor de su cintura, intentando infundirle valor. —¡Ya basta de acusaciones! Entiendo que debéis estar furiosos los dos por descubrirlo así, de golpe. Susan y yo nos amamos, es así. Os pido que respiréis y os calméis —el padre de Katherine mira con auténtica devoción a la mujer que tiene al lado. Toma una bocanada de aire que le infunde valor—. Hija, tengo que darte una buena noticia. No, no sabía cómo hacerlo y pensé que tal vez te enfadarías y no quería molestarte. Te presento a Susan Monroe, mi mujer. Una bomba, aquello fue una bomba para Ethan y Katherine. Ella se quedó petrificada, con el corazón bombeando a mil por hora y la mandíbula desencajada por la sorpresa. Ethan lo llevo un pelín peor ya que casi cae al suelo, una pierna le flojeó por la noticia. No quitaba los ojos de su madre que parecía una adolescente a la cual habían pillado con las manos en la masa. Aquí aún había muchas cosas por contar y muchas explicaciones que dar.
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